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Tokens con el café: la nueva unidad de consumo que las marcas no están explorando

Imagínate que entras en una cafetería, pides un capuchino, un café con leche o una nube (si es que estás por Málaga) y que, junto al ticket, te regalen varios millones de tokens para utilizar en modelos de IA en la frontera (ChatGPT, Perplexity, Gemini o Claude). Y que se puedan acumular. O que puedas pagar una cena de dumplings y que recibas, al terminar, créditos de computación para que tu puedas seguir hablando con tu agente de IA mientras viajas en coche.

No es ciencia ficción. Está ocurriendo en China.

En Pekín, algunos restaurantes y cafeterías han comenzado a regalar capacidad de IA de la misma manera que hasta hace dos días regalaban acceso al wifi. El AGI Bar ofrece acceso a un modelo de DeepSeek a quienes consumen cerveza. El restaurante Jingu Yuan entrega después de comer créditos de computación por valor de 10 yuanes. Los tres grandes operadores chinos de telecomunicaciones han empezado a empaquetar tokens como empaquetamos gigas de datos móviles. China Telecom, por ejemplo, comercializa planes desde 9,9 yuanes mensuales por 10 millones de tokens y dispone de una plataforma desde la que se puede acceder a 142 modelos diferentes. Bancos y compañías de IA experimentan, además, con tarjetas y programas que vinculan el consumo con cuotas y servicios de inteligencia artificial.

Aunque hay algo aparentemente anecdótico en ofrecer dumplings con inteligencia artificial de postre (y, os diría que hasta divertido), sería un error quedarnos en lo anecdótico. Lo que está ocurriendo en China podría ser una de las primeras manifestaciones visibles de una transformación económica mucho más profunda: la inteligencia está empezando a convertirse en un bien de consumo medible, empaquetable, distribuible y comercializable.

Y su unidad básica se llama token.

Del giga al token: inteligencia de consumo

Un token, simplificando mucho, es una pequeña unidad de información que un modelo de inteligencia artificial procesa cuando interpreta una instrucción, analiza un documento o construye una respuesta. Existen tokens de entrada y de salida, pueden tener precios diferentes y su coste cambia según el modelo utilizado. Es, en definitiva, una de las unidades mediante las que podemos medir el consumo computacional de la inteligencia artificial.

Hasta hace muy poco, era un concepto reservado a ingenieros, desarrolladores y a los departamentos de compras que “pasan la tarjeta” mensualmente para cubrir este gasto o inversión (según se mire).

Hace treinta años ocurrió algo parecido con los megabytes. Aunque probablemente muchos consumidores de finales de los noventa eran incapaces de explicar qué era exactamente un megabyte, el tiempo ha demostrado que esto no era lo realmente importante. Las operadoras hicieron el resto. Lo empaquetaron, le pusieron precio, lo metieron en una tarifa y terminaron educándonos hasta conseguir que millones de personas aprendieran a preguntar cuántos gigas tenían contratados.

La tecnología se convirtió en producto cuando encontramos una unidad sencilla con la que comercializarla.

Y esto, desde mi punto de vista, creo que está volviendo a ocurrir. Solo que ahora no estamos midiendo minutos de conversación ni capacidad para descargar vídeos. Estamos empezando a medir capacidad para producir inteligencia.

La escala del fenómeno resulta difícil de asimilar. Según los datos difundidos en China, el volumen diario de tokens procesados habría pasado de unos 100.000 millones a comienzos de 2024 a más de 500 trillones a mediados de 2026. Es una multiplicación por 5.000 en apenas dos años y medio.
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de esta nueva economía: producir inteligencia es cada vez más barato y, precisamente por ello, consumiremos muchísima más.

Stanford lleva años registrando una caída extraordinaria del coste de inferencia para determinados niveles de capacidad. Pero mientras el precio unitario disminuye, aparecen modelos más complejos, contextos mayores y, sobre todo, agentes que no realizan una única operación, sino decenas o cientos: buscan información, consultan documentos, llaman a otras herramientas, razonan, corrigen, vuelven a consultar y generan una respuesta. El contador no se detiene.

Y, de ahí, una paradoja empresarial que ya empieza a emerger. McKinsey señalaba este verano que, pese a la caída histórica del precio de la inferencia, el gasto empresarial en grandes modelos se había triplicado en doce meses hasta finales de 2025. En una de sus encuestas de 2026, el 93% de los participantes reconocía haber superado sus presupuestos de IA.

El token empieza así a comportarse como una materia prima invisible. Algo parecido a la electricidad.

Nadie compra electricidad porque sienta una pasión especial por los kilovatios. La compra porque quiere iluminar una casa, refrigerar alimentos o hacer funcionar una fábrica. Del mismo modo, nadie querrá realmente comprar tokens. Querremos comprar lo que podemos hacer con ellos: diseñar una campaña, aprender un idioma, crear un vídeo, organizar un viaje, programar una aplicación, analizar nuestra cartera financiera o delegar tareas en un ejército de agentes personales.

China parece haber entendido el valor estratégico de esta transformación. Su National Data Administration ya define el token como una unidad que está adquiriendo funciones de medición, liquidación y estadística en los servicios de inteligencia artificial. Pekín ha incluido explícitamente el desarrollo de la “economía del token” en sus políticas públicas y habla ya de Token as a Service, Agent as a Service y Result as a Service. En Beijing E-Town se están impulsando incluso “fábricas de tokens”, infraestructuras destinadas a industrializar su producción y distribución.

Y quizá el ejemplo más interesante a mi parecer llega desde Guangzhou. En el distrito de Haizhu se ha creado un producto financiero denominado Token Loan. Bancos como Bank of China, China CITIC Bank y Bank of Guangzhou pueden incorporar variables como el consumo de tokens, las credenciales de las plataformas utilizadas, los cobros pendientes o los clientes de una empresa de IA para ayudar a evaluar su capacidad crediticia. Dicho de otra forma: una unidad que hasta ayer servía para que un ingeniero calculase cuánto costaba una llamada a un modelo empieza a entrar en la conversación sobre cuánto dinero puede prestar un banco a una compañía.

Cuando una magnitud tecnológica empieza a utilizarse para medir consumo, poner precios, distribuir incentivos y evaluar actividad empresarial, conviene prestarle atención.

Estamos dejando de hablar exclusivamente de tecnología. Estamos hablando de economía.

¿Y si las marcas distribuyeran inteligencia?

Para las marcas, este fenómeno podría abrir un territorio especialmente interesante. Durante décadas hemos construido mecanismos para recompensar determinados comportamientos. Millas por volar. Puntos por comprar. Cashback por utilizar una tarjeta. Gigas adicionales por contratar una tarifa. Noches gratuitas por dormir en un hotel.

Todos tienen la misma lógica conductual: convertir una unidad de valor en una pequeña promesa de futuro.

Compra hoy y mañana tendrás algo.

La economía del token introduce una posibilidad diferente: compra hoy y mañana tendrás más capacidad. Más capacidad para crear. Para trabajar. Para decidir. Para aprender. Para resolver problemas.

El cambio semántico es crítico y apasionante a partes iguales.

Imaginemos una compañía aérea que, además de millas, entregue inteligencia artificial para diseñar itinerarios, gestionar documentación o construir una guía personalizada del destino. Un banco que recompense la fidelidad con capacidad de análisis financiero mediante agentes especializados. Una universidad que incluya una bolsa mensual de inteligencia entre los servicios de sus alumnos. Una compañía de telecomunicaciones que deje de competir exclusivamente por gigas y empiece a competir por capacidad cognitiva. Una marca de software que premie a sus mejores clientes con agentes capaces de automatizar parte de su trabajo.

Y, puestos a inventar -ya que soy el de la innovación-, pues incluso podría llegar a imaginar inteligencia patrocinada.

Del mismo modo que una marca financia el acceso gratuito a un evento, contenido o servicio, podría financiar el coste computacional de determinadas tareas útiles para sus consumidores.

No publicidad sobre inteligencia artificial. Inteligencia como publicidad.

La gran oportunidad para las marcas

Las marcas llevan décadas interrumpiendo al consumidor para conseguir unos segundos de atención. Quizá puedan empezar a utilizar parte de ese presupuesto para regalar capacidad real de resolución.

No me enseñes otro banner de tu banco. Ayúdame a entender mis gastos.
No me mandes otro correo de mi compañía aérea. Organízame el viaje.
No me expliques en un anuncio que eres una compañía innovadora. Regálame veinte minutos de un agente que me resuelva un problema.

Pasaríamos de una economía de la atención a algo parecido a una economía de la utilidad cognitiva. Y quienes me conocen, saben de mi pasión por el concepto de “utilidad” en la comunicación y creatividad publicitaria, en la relación entre marca y consumidor.

Y como magos del marketing, todo esto también tiene trampa. Un millón de tokens suena a muchísimo. Mil millones suenan a fortuna. Sin embargo, un token no tiene un valor estable y universal. El coste cambia según el modelo, la entrada, la salida, el razonamiento, la caché y la eficiencia del sistema. Dos modelos pueden necesitar cantidades diferentes de tokens para resolver la misma tarea. Incluso OpenAI advierte que comparar únicamente el precio por millón de tokens puede llevar a conclusiones equivocadas porque lo importante es el coste total necesario para completar una tarea.

Por eso, las marcas harían mal en convertir el token en el nuevo punto de fidelización sin traducirlo previamente a valor humano.

“Te regalamos diez millones de tokens” puede resultar tan incomprensible como decirle a alguien que le regalamos 3,6 millones de julios. El consumidor no quiere unidades. Quiere resultados.

Por eso, opino que la verdadera evolución comercial de esta idea no pasa por el Token as a Service, sino por el Outcome as a Service: las marcas valientes no deberían vender capacidad computacional, sino aquello que esa capacidad permite conseguir. O dicho de otra manera, una marca podría decir: tienes incluidos cien análisis financieros al año. Veinte horas de tutor personal. Diez proyectos creativos. Un agente de viajes ilimitado. Cincuenta automatizaciones mensuales.

Debajo habrá tokens. Encima estará la capa de utilidad.

¡Bienvenidos a la economía del token!

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