La última encuesta del Banco Central Europeo (BCE) revela que los consumidores de la zona euro siguen viendo la inflación de forma bastante estable, según la última encuesta mensual de expectativas de los consumidores del Banco Central Europeo (BCE). Los hogares europeos perciben que los precios han subido un 3,1% en el último año y esperan que la inflación se mantenga alrededor del 2,8% en los próximos doce meses, así como en el entorno del 2,5% dentro de tres años y del 2,2% a cinco años vista. Esto significa que la mayoría de las familias europeas no anticipan un repunte fuerte de los precios en el horizonte cercano ni a medio plazo, lo que ayuda a mantener la confianza en que el coste de la vida no se descontrole.
Sin embargo, el panorama se torna más prudente cuando se pregunta por la economía en general y por la situación económica en el día a día. Así, los consumidores esperan que sus ingresos crezcan solo un 1,2% en el próximo año, pero planean gastar menos: el aumento esperado del gasto baja al 3,4% (desde el 3,5%), lo que refleja cierta prudencia en las compras. Además, las previsiones sobre el crecimiento económico para los próximos doce meses empeoraron hasta el -1,3 % (más negativo que el -1,1 % de octubre), mostrando una mayor preocupación por una posible desaceleración. En cambio, el mercado laboral se percibe relativamente sólido: la tasa de desempleo esperada a un año vista bajó ligeramente al 10,9%, apenas por encima de la actual percibida del 10,4%, lo que sugiere que los europeos no temen un fuerte aumento del paro.
En el ámbito de la vivienda y el crédito, también hay señales de moderación: los hogares anticipan que los precios de las casas suban un 3,4% en el próximo año, y que los tipos de interés de las hipotecas se sitúen en el entorno del 4,6%. El acceso al crédito parece haberse relajado también, aunque las familias no esperan grandes cambios en el futuro.
Los resultados de esta encuesta, realizada a unos 19.000 adultos de 11 países de la eurozona, entre ellos España, transmiten así una visión estable de los precios y el empleo, pero también una mayor cautela sobre el consumo y cierto pesimismo sobre las perspectivas de crecimiento económico; unos factores que el BCE tendrá en cuenta a la hora de decidir su política monetaria.

